jueves, 30 de noviembre de 2017

Recepción por la fiesta de San Andrés en Constantinopla

Tras los Oficios litúrgicos por la Fiesta Tronal de San Andrés, Su Toda Santidad el Patriarca Ecuménico Bartolomé I ofreció una recepción vespertina a sus invitados.

En su alocución a los asistentes, el Patriarca subrayó la importancia del Santo Trono Ecuménico, la primera de las antiguas Iglesias en tender continuamente puentes para fomentar el diálogo y la comprensión entre las Iglesias.

El Patriarca Ecuménico recordó asimismo a los presentes que la Iglesia Católica es una Iglesia hermana. En actos históricos como las fiestas patronales, representantes de Constantinopla viajan a Roma para mostrar el amor recíproco en Cristo, y lo mismo hacen los representantes del Vaticano en las fiestas de Constantinopla.

Su Toda Santidad señaló también el éxito del Santo y Gran Concilio de la Iglesia Ortodoxa, que se celebró en Creta en 2016, donde se trataron muchas cuestiones prácticas y pastorales y se comprobó la necesidad de celebrar este tipo de concilios de manera regular.



Fotografías: P. Archimandrita Philip (Jagnisz)


Fiesta Tronal de la Gran Iglesia de Constantinopla

El jueves 30 de noviembre de 2017 Su Toda Santidad el Patriarca Ecuménico Bartolomé I presidió la Divina Liturgia en la Catedral Patriarcal de San Jorge en El Fanar con motivo de la Fiesta Tronal del Santo Apóstol Andrés, el Primer Llamado, Patrono de la Gran Iglesia de Constantinopla. Su Eminencia Policarpo de España y Portugal concelebró con Su Toda Santidad y varios Jerarcas de diferentes partes del mundo.

Entre los visitantes ilustres se encontraban representantes del Papa Francisco, así como Embajadores, Cónsules y representantes de los Gobiernos de Grecia, Ucrania, Turquía y otros países.


Fotografías: P. Archimandrita Philip (Jagnisz)



Homilía de S.E. Policarpo con motivo de la Fiesta Patronal de la Gran Iglesia de Constantinopla


Por su perenne actualidad a pesar del paso del tiempo, y a modo de documento histórico de nuestra Metrópolis, publicamos la homilía que Su Eminencia Policarpo, Arzobispo-Metropolita de España y Portugal y Exarca del Mar Mediterráneo, pronunció durante la Divina Liturgia Patriarcal y Sinodal del 30 de noviembre de 2010 con ocasión de la Fiesta Patronal de la Gran Iglesia de Constantinopla, fundada por el Santo Apóstol Andrés, el Primer Llamado entre los Apóstoles.

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“EL PRIMER LLAMADO DE LOS APÓSTOLES
Y SU IGLESIA PRIMERA EN LA LLAMADA”

La Iglesia del Primer Llamado de los Apóstoles, esta Cátedra Ecuménica de la Ortodoxia, celebra su “fiesta de cumpleaños”, la venerable conmemoración de un evento histórico, salvífico y de gracia, de refulgente brillo. Su fundación y constitución en la humilde Bizancio, convertida después en la Nueva Roma y Ciudad de Constantino y Reina de las Ciudades, honra y premia a la Iglesia Primera Llamada de Constantinopla, que celebra también la memoria de su Fundador, el Santo y glorioso Apóstol Andrés.

Santísimo y divinísimo Padre y Señor,

Venerables Jerarcas,

Pueblo amado del Señor,

Gran asunto es la memoria y el recuerdo, especialmente en la vida y la actividad de la Iglesia, para el bien de su piadoso Pléroma. La importancia y la necesidad de este hecho, en referencia al Primer Llamado de los Apóstoles, queda patente en la Encíclica Patriarcal y Sinodal del que fuera Metropolita de Felipópolis (Plodiv) -y luego Patriarca Ecuménico con el nombre de Serafín II- de noviembre del 1759 dirigida al sagrado clero y a los cristianos del Santísimo Arzobispado de Constantinopla (“con extensión también a todas las Eparquías del Trono Ecuménico”) (1), que determinó que “a partir de ahora sea celebrada su fiesta con brillo y no sin importancia, y de paso sea contada como las otras. Que su memoria sea celebrada con himnos, cantos y melodías piadosas, porque en esta famosa Ciudad él predicó gloriosamente el primero la palabra de la verdad, y ha honrado y consagrado su sagrada Cátedra” (2), ordenó “a los sacerdotes de las iglesias de esta Megalópolis, de Gálata y del Estrecho (el Bósforo), que desde ahora y al final de las sagrados Oficios sea conmemorado también este glorioso Primer Llamado de los Apóstoles y primer Jerarca de Constantinopla Andrés, desde ahora y para siempre” (3) y encargó exactamente hace 251 años al gran Maestro de nuestra Nación, Eugenio Búlgaris, llamado apenas unos días antes por el Patriarca a la Ciudad Reina para asumir la dirección de la Gran Escuela Patriarcal de la Nación, la homilía oficial durante la primera Divina Liturgia Patriarcal y Sinodal por la Fiesta del Primer Llamado de los Apóstoles tras su constitución de nuevo como Fiesta Patronal del trono Ecuménico.

En esta homilía, el sabio Maestro de la Nación,  además de mostrar la importancia del término “Primer Llamado” en relación con el término “Primer Trono”, da un paso más, caracterizando al Apóstol Andrés no solo como Primer Llamado, sino como también “Auto-llamado”: “Andrés desde el principio –exclama en su texto la ‘dulce abeja’ de Tauromenia, Theófanes Kerameus,– (4) … se ha sentido también auto-llamado” (5). Y, aunque afirma categóricamente que no quiere establecer comparaciones entre los Apóstoles –ya que todos son iguales-, elogia las luchas y las fatigas del Apóstol Andrés frente a las de los demás, diciendo: “Si Pablo, alardeando con jactancia en Cristo, llegó a decir: “Me he fatigado más que los demás” (6)”, yo de Andrés me atrevo a decir que ha dado más fruto que los demás. El desarrollo presente de la Iglesia lo demuestra claramente” (7).

El brillante aniversario y la fiesta de hoy es una ocasión de honor y gratitud al Primer Llamado de los Apóstoles y fundador de la Iglesia de Constantinopla-Nueva Roma. Al mismo tiempo es también una oportunidad para lanzar nuevas campañas y realizar nuevas conquistas, una continuación de la obra de pescar en la red de la gracia y de la salvación en Cristo al hombre de nuestros difíciles tiempos apocalípticos, como hizo con éxito el Primer Llamado Andrés y su Primada Iglesia, permaneciendo fiel a su vocación divina, a su primado de llamada, esta gran fuerza que permanece aquí, en su centro sacratísimo, el humilde y noble Fanar, imperturbable y firme, con modesto orgullo y dignidad, continuando en todo el mundo la acción salvífica de su Primer Llamado Fundador, escuchando desde el pasado, el presente y el futuro, lo cercano y lo lejano, lo terrenal y lo celestial; creando vida, escribiendo historia, elaborando salvación, edificando, sirviendo, ofreciendo, llamando, confesando y testimoniando que existe y seguirá existiendo sin fin, porque cree firmemente que a la Crucifixión siguen la Resurrección y Pentecostés, una Resurrección y un Pentecostés permanentes, parafraseando la palabra apostólica de hoy: “Aunque insultada, bendice; aunque perseguida, aguanta; aunque calumniada, suplica” (8).

Pero volviendo a nuestro Apóstol y a su Iglesia Madre –que también es la nuestra-, ambos han sido y son testigos de fe, esperanza, caridad, verdad, paz y unidad. Todas estas dimensiones caracterizaron desde el principio la llamada y la acción apostólica de Andrés, y han servido, sirven y servirán para siempre a su Iglesia. En cuanto se convirtió en discípulo de Cristo, en seguida corrió para llevar a su hermano Simón, el futuro Pedro, la noticia jubilosa: “¡Hemos encontrado al Mesías! Y lo llevó a Jesús” (9). De este modo, “el recién hecho discípulo se digna en seguida hacerse maestro, el adepto se convierte en seguida en mistagogo, el Apóstol se convierte en seguida en Apóstol de otro Apóstol…” (10), “… ¡Apóstol del corifeo en el orden Apóstolico!” (11). Y cuando más tarde se fue a enseñar a las naciones, con celo divino, abnegación, fatigas y no pocas dificultades recorrió muchas ciudades y países antes de entregar terminar su vida mediante el martirio de la cruz en la capital de Acaya. Lo mismo también ha hecho la Iglesia de Constantinopla. No ha retenido para sí misma con celo el anuncio salvífico de la Resurrección, sino que, imitando al Primer Llamado, ha corrido para transmitirlo también a otras naciones y pueblos, aspirando única y exclusivamente a su salvación y a la gloria de su Mesías, el Señor Jesucristo. Al bautismo de antaño de los pueblos eslavos orientales  le sucede en nuestros días el de muchísimos hombres que desconocen a Cristo en Asia, Oceanía, América y Europa.
                               
En la mente y el corazón de los hombres de nuestra época moderna, la de la secularización, la de la globalización y el desdén de todo, no cesa la “Búsqueda”. Se sigue buscando con insistencia al “Buscado”. Esta, además, es la obra por excelencia de la Iglesia de hoy: hacer viva continuamente la “Búsqueda” y el “Encuentro”; guiar al hombre moderno en primer lugar a la “Búsqueda” y después al “Encuentro” de Cristo Resucitado y presente en todas partes, el único Salvador y Redentor del mundo; vestir la desnudez y calentar la frialdad de los corazones con la Luz sin ocaso de la Resurrección del Verbo vivo de Dios, transformando continuamente la “Búsqueda” en “Encuentro” y el “Encuentro” en “Experiencia”, “la experiencia de la Resurrección”.

El Apóstol Andrés (cuyo nombre en griego significa “valentía”, “valor”), como hombre de fe profunda en el Encontrado por él, el “Buscado y Deseado” Mesías, ha traspasado estas características también a su Iglesia aquí en la Reina de las Ciudades, la cual, caminando sobre sus huellas e imitando su ejemplo, no ha murmurado jamás, sino que siempre está “preparada para los azotes” y repite la palabra paulina: “He aprendido a bastarme con lo que tengo… Todo lo puedo en Cristo que me conforta” (12). Andrés se distinguió también por su amplitud de miras, ya que no dudó en dirigir a Cristo a los griegos prosélitos del Judaísmo cuando estos pretendían a través Felipe encontrarse con Él y conocerlo (13), no limitándose a las estrechas concepciones de los judíos de aquella época.  Era hombre de un corazón grande, que no dudó jamás en tomar decisiones importantes y al mismo tiempo asumir las responsabilidades derivadas de sus decisiones (14). Y su Iglesia, la Santa y Grande Iglesia de Cristo, lo ha imitado en esta su amplitud de miras, porque es Patriarcado Ecuménico no solamente en el nombre, sino también en realidad. Esto queda demostrado no solo por la acción misionera y civilizadora del pasado y del presente, sino también por el amplio espectro de sus esfuerzos ecuménicos y de sus actividades intercristianas, y en los últimos tiempos también las ecológicas e interreligiosas. Claro testimonio de esto es la feliz presencia entre nosotros, en este sacratísimo momento, de los venerables representantes de la Iglesia de la Antigua Roma y de su Santísimo Primado, el Papa Benedicto XVI, bajo la jefatura del nuevo Presidente del Pontificio Consejo para la promoción de la Unidad de los Cristianos, el Eminentísimo Señor Cardenal Kurt Koch, que ha copresidido con éxito el reciente Encuentro en Viena de la Comisión Internacional Mixta para el Diálogo Teológico entre las Iglesias Ortodoxa y Católica Romana, con el tema: “La Primacía en relación con la sinodalidad”. Nos congratulamos con Su Eminencia por su reciente nombramiento como Cardenal de la Santa Iglesia Romana. Lo acompañan los deseos y las oraciones de todos nosotros por el éxito de su difícil tarea.

Este año se cumplen 100 años del Encuentro de Edimburgo, 90 de la famosa Encíclica del Patriarcado Ecuménico del año 1920, 50 desde la fundación del Pontificio Consejo para la promoción de la Unidad de los Cristianos y 30 desde el inicio del Diálogo Teológico oficial entre las Iglesias Ortodoxa y Católica Romana, que comenzó, con la ayuda del Señor, con la tranquilidad, compunción y sacralidad de Patmos y continúa con la contribución insistente de la Iglesia Primada del Primer Llamado, que en Oriente es –a pesar de las nubes de discordia que se levantan en el curso del tiempo, incluso por parte de aquellos que no deberían– enclave entre las Iglesias Ortodoxas hermanas, coordinadora de sus acciones, portadora de su común expresión y centro de servicio ecuménico y de oración. Como ha acentuado un ex coadministrador suyo, el Trono Ecuménico “especialmente hoy permanece firmemente comprometido y absolutamente dedicado a su misión ecuménica, de modo que no deja de ejercitar su potestad canónica, que posee, en el concierto de las Iglesias Ortodoxas hermanas siempre en el ámbito del ya expresado significado de servicio en la sinodalidad fraterna” (15). El Patriarcado Ecuménico, como Iglesia Primada de la Ortodoxia, no es solamente el enclave entre las Iglesias Ortodoxas Autocéfalas locales, sino también el nudo de conexión entre Oriente y Occidente. Es el Gran Monasterio, la Gran Escuela del siempre luminoso Fanar (gr. ‘fanós’), el centro sacratísimo no solo de la oración “por la paz del mundo entero, la estabilidad de las santas iglesias de Dios y la unión de todos…”, sino también centro de continuo trabajo y fatigosa ofrenda para la reconciliación, la paz, la justicia y la unidad. No solamente hoy, sino desde siempre y en todas las direcciones.

Santísimo Padre y Señor,

Ha llegado el momento de que calle su sagrado Ambón Patriarcal para dejar paso a la celebración del Sacrificio incruento, para el que nos hemos reunido especialmente hoy aquí, en vuestra Venerable Iglesia Patriarcal. Para terminar, permítame servirme de las palabras, válidas también para el gran día de hoy, de Eugenio Búlgaris: “Hoy (las redes) han sido renovadas y preparadas; hoy justamente es la fiesta de Constantinopla; hoy ha recibido el debido agradecimiento el festejante; hoy han mostrado la debida gratitud los festejantes; y hoy, como también en otras muchas ocasiones, ha mostrado el cuidado que tiene para con los asuntos de la Iglesia nuestro gran Eclesiarca, honrando con una celebración oficial y brillante solemnidad al Primer Llamado amigo de Dios, primera autoridad de esta Iglesia tras la Primera por excelencia y primer fundamento suyo tras el Primero por excelencia” (16). “¡Qué incomparables son tus designios, Dios mío, qué inmensos en su conjunto!” (17).

¡Oh, Madre Iglesia de Constantinopla, gran fruto del gran Andrés! Desde el principio hasta el final sé magnifica, brilla y resplandece, elévate y sé honrada, sigue componiendo sínodos, publicando decretos, convalidando leyes, sé pastoreada por verdaderos “Padres, Patriarcas, Profetas, Apóstoles, Predicadores, Evangelistas, Mártires, Confesores, Ascetas”. Y Tú, eficaz Timonel y pacifico Gobernador suyo, sigue enriqueciéndola con los frutos de la misión de su Primer Llamado Fundador y los resultados de sus luchas evangélicas, así como con sus propias luchas y agonías. Nosotros, todos sus hermanos e hijos, clérigos y laicos, nos comprometemos humilmente a ser co-cirineos, co-solidarios y co-luchadores suyos, porque  verdaderamente eres digno de ello; por eso si, con la ayuda de Dios, vuelven tiempos propicios, ello se debe en gran medida a Ti: “La presente situación de la Iglesia claramente lo muestra” (18).

¡Ad multos annos, Santísimo y Divinísimo Padre y Señor!

¡Ad multos annos, Santa y Gran Madre Iglesia de Cristo!

¡Ad multos annos, Reina de las Ciudades, y tú, bendito, sufriente y mártir pueblo Greco-Ortodoxo que habitas en ella, y toda la Romanidad!

¡Ad multos annos a todos nuestros padres y hermanos, y “buen encuentro” de la Natividad de Cristo, nuestro Salvador! ¡Así sea!


+ Metropolita Policarpo España y Portugal
Fanar, Venerable Iglesia Patriarcal, 30 de Noviembre de 2010


NOTAS

(1) Ekklisiastikí Alítheia Konstantinoupólews (Verdad Eclesiástica de Constantinopla) del año 1922, p. 485.

(2) Encíclica Patriarcal y Sinodal del Patriarca Ecuménico Serafín II (Disposición Canónica), en Konstantínos P. Thýmis, Eugenio Búlgaris (1716-1806), Deposito de Ethos Eclesiástico, Homilía Panegírica a San Andrés el Primer Llamado, Corfú 2009, pp. 106-107, col. 25-27.

(3) Ib. Cit., p. 107, col. 34-36.

(4) Theófanes Kerameus, Homilía 49, P.G. 132, 885 A.

(5) Eugenio Búlgaris, Homilía Panegírica a San Andrés el Primer Llamado, en Konstantínos P. Thýmis, ib. cit., p. 90, col. 2-3.

(6) Ver 1 Cor 15, 10.

(7) Eugenio Búlgaris, ib. cit., p. 97, col. 2-7.

(8) Ver 1 Cor 4,1 2-13.

(9) Juan 1, 41-42.

(10) Eugenio Búlgaris, ib. cit., p. 85, col. 22-26.

(11) ib. cit., p. 86, col. 9-10.

(12) Fil 4, 11-13

(13) ver Juan 12, 20 y siguiente 

(14) ver G. A. Jatziantonios, Oi Dódeka (Los Doce), Aenas 1955, pp. 29-30.

(15) Máximos, Metropolita de Sardes, El Patriarcado Ecuménico dentro la Iglesia Ortodoxa, Tesalónica 1972, pp. 352-353.

(16) Eugenio Búlgaris, ib. cit., p. 99, col. 19 y p. 100, col. 1

(17) Salm 138, 17


(18) Eugenio Búlgaris, ib. cit., p. 97, col. 5-7

miércoles, 29 de noviembre de 2017

30/11 - Santo Apóstol Andrés el Protóclito (Primer Llamado)



El santo Andrés, el primer apóstol llamado por Cristo, fue hijo de un hebreo de nombre Jonás y hermano del preeminente santo apóstol Pedro; y nació en el pueblo galileo de Betsaida. Desdeñando la vanidad de este mundo y prefiriendo la castidad al matrimonio, renunció a casarse; y habiendo oído que el santo Precursor Juan predicaba el arrepentimiento por el Jordán, abandonó todo y se fue con él para convertirse en su discípulo. Cuando el santo Precursor, señalando a Jesús que estaba ahí pasando, le dijo: "He ahí el Cordero de Dios" (Juan 1:36), San Andrés, junto a otro discípulo del Precursor (de quien muchos piensan que se trata del evangelista Juan), abandonó al Bautista para seguir a Cristo. Buscó a su hermano Simón Pedro y le dijo: "Hemos encontrado al Mesías" (que traducido, es el Cristo, verso 41), y lo llevó donde Jesús. Después, cuando estaba pescando con Pedro a lo largo de la costa del mar de Galilea, y Jesús los llamó, diciendo: "Seguidme, y os haré pescadores de hombres" (Mateo 4:19), Andrés dejo inmediatamente sus redes y siguió a Cristo junto con su hermano Pedro (verso 20). A Andrés se lo conoce como el Primer Llamado porque fue el primer seguidor y discípulo de Jesús antes que cualquiera de los apóstoles.

Cuando, después de la pasión voluntaria del Señor y su resurrección, el santo Andrés, con los demás apóstoles, recibió el Espíritu Santo, quien descendió en él en forma de una lengua de fuego, y cuando entre ellos se dividieron los países, a Andrés le tocó difundir el Evangelio en Bitinia, Propontis, Calcedón, Bizancio, Tracia, Macedonia, en toda la región del Mar Negro y el río Danubio, así como en Tesalia, Helas, Acaya, Amiso, Trapezo, Heracles y Amastris. El santo apóstol pasó por todas estas tierras y ciudades, predicando la fe cristiana, debiendo en cada lugar pasar por muchas aflicciones y dolor; pero, fortalecido por la omnipotente ayuda de Dios, soportó alegremente todas estas tribulaciones por Cristo.

En Amiso, ciudad al oriente del Mar Negro y a unas 76 millas de Sinope, el apóstol encontró a muchos judíos que estaban sumidos en la ignorancia espiritual y la impiedad. No obstante esto, la gente de ese lugar se sentía complacida en ofrecer su hospitalidad, recibiendo a todos los viajeros foráneos en su ciudad y sus hogares y dándoles lo necesario mientras podían. Así, cuando el santo Andrés llegó a Amiso, lo acogió cierto judío en su casa. Entonces el santo le hizo saber sobre cómo convertiría allí a una gran cantidad de personas.

A la mañana siguiente, el apóstol fue a la sinagoga de los judíos, donde le preguntaron directamente quién era, por qué había venido donde ellos, y qué era lo que predicaba. El santo Andrés, les habló sobre las enseñanzas de Jesús, y de Moisés y los profetas, y les demostró que Jesús era el Mesías predicho por los profetas y les señaló que Él venía a salvar a la humanidad. Entonces, ¡Oh milagro! Se cumplió la palabra de Cristo, quien dijo: "Os haré pescadores de hombres" (Mateo 4:19). Los judíos escucharon con atención las palabras y la enseñanza del apóstol de Cristo e inmediatamente se arrepintieron, creyeron y se bautizaron, convirtiéndose en siervos de nuestro Señor. Después, llevaron donde el apóstol a todos sus enfermos, a quienes él sanó de todas las enfermedades que los afligían. Así, el santo apóstol no solamente era médico de cuerpos, sino que también de almas. En ese lugar edificó una iglesia y ordenó a uno de ellos al sacerdocio.

De Amiso, se trasladó a Trapezo, donde enseñó y bautizó a muchos conversos, así como ordenó a sacerdotes. Lo mismo hizo también en Laziki, en donde innumerables griegos y judíos se convirtieron a Cristo. Luego se decidió ir a Jerusalén, no sólo por la fiesta de Pascua que se acercaba, sino porque deseaba ver a su hermano Pedro. También tenía gran deseo de ver al apóstol Pablo, de quien sabía que iba a ser el apóstol ante los gentiles. Así, regresó a Efeso con San Juan el Teólogo, a quien le había tocado trabajar en esa ciudad; pero cuando llegó a dicho Jugar, recibió una revelación de Dios instruyéndole ir y predicar el Evangelio en Bitinia. Inmediatamente partió a la ciudad de Nicea, en donde enseñó a muchos griegos y judíos y realizó milagros, llegando estos a convertirse a Cristo. Allí también, sanó al instante a muchos enfermos y con su bastón de hierro, el cual llevaba el emblema de la cruz, expulsó a algunas de las bestias salvajes que agobiaban a las personas y mató a otras bestias de esa clase. Por otra parte, destruyó los cimientos de los templos paganos dedicados a las falsas deidades Afrodita y Artemisa.

Entre tanto, los griegos que se habían resistido a las enseñanzas del apóstol fueron poseídos por malos espíritus, los cuales entraron en ellos y los atormentaron como justo pago por su obstinación y descreimiento; estos quedaron tan vejados que comenzaron a morderse su propio cuerpo. No obstante, Andrés, como discípulo de Quien había llegado para salvar a los pecadores, se apiadó de ellos y expulsó a los demonios de ellos; entonces, oh milagro, ellos comenzaron a creer y se bautizaron. El apóstol se quedó dos años en Nicea, ciudad para la cual ordenó a un sacerdote. Después se trasladó a Nicomedia, que era una ciudad populosa, donde bautizó a griegos; antes de trasladarse a Calcedón, cercano a Proponto; a Escutari, cerca de Bizancio; y, finalmente, a Neocastra, en donde convirtió y bautizó a muchos. También viajó a Pontoheráclea; y de allí, a Amastrida, ciudad de la provincia de Bitinia, y sus alrededores. Luego de ordenar allí a sacerdotes, viajó a Sinope, ciudad de Ponto, a donde se dice que su hermano Pedro fue a verlo. Hasta hoy, los cristianos de Sinope muestran dos tronos de mármol en donde, según afirman ellos, — se sentaron estos apóstoles. Ellos muestran también un antiguo Icono del santo apóstol Andrés que hace milagros.

Pero antes que llegara Andrés, ya había ido a Sinope el apóstol Matías, uno de los doce, quien fue escogido para tomar el lugar de Judas. Pero apenas hubo comenzado a predicar en esa ciudad, fue encarcelado. Cuando el apóstol Andrés llegó y oyó que su condiscípulo estaba en la prisión, rezó por su bien, entonces los grilletes con que Matías estaba atado se soltaron al instante y se abrió el portón de la prisión, de donde salió libre. Sin embargo, por ese tiempo Sinope estaba poblado por gente feroz y descreyente. Cuando vieron que Andrés había vulnerado la firmeza de su prisión, lo rodearon; algunos pedían quemar la casa donde permanecía, otros planeaban cómo lo tomarían. Finalmente, lo agarraron de las manos y pies y, empujándolo, lo condujeron por el camino, golpeándolo entre tanto sin piedad. Al salir de la ciudad, lo arrojaron a un lugar lleno de estiércol, confiando en que hubiese muerto a causa del maltrato. Sin embargo, el apóstol soportó pacientemente todos estos abusos, emulando a su maestro, Cristo. Entonces, el Señor no permitió que su discípulo continuara en mal estado y padeciendo de esta manera, por lo cual se le apareció para sanarlo y exhortarle a tener buen ánimo. A pesar que esta gente bárbara le habían roto al apóstol los dientes y cortado los dedos, éste recuperó completamente su salud. Después de bendecirlo y pedirle que no cesara en sus esfuerzos para enseñar y convertir a los impíos, el Salvador ascendió a los cielos.

A la mañana siguiente, el apóstol regresó muy temprano a Sincope; lleno de salud, sin ningún rastro de heridas o golpes en su cuerpo y con un semblante lleno de gozo y alegría. Los habitantes del lugar se maravillaron enormemente por la resistencia sobrehumana y por el gran milagro que había obrado Cristo; porque estaban convencidos de la muerte del apóstol. Pero ahora, todos vieron que sus heridas desaparecieron durante la noche, por lo cual se arrepintieron y se postraron ante Andrés, pidiéndole perdón. Entonces él les enseñó la palabra de la verdad y los bautizó en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, porque ellos aceptaron la fe cristiana y creyeron en el salvador y redentor de su cuerpo y su alma. En esa ocasión, el santo apóstol realizó un maravilloso milagro. Cierta mujer, cuyo único hijo había sido asesinado por un enemigo, se postró ante el apóstol, confesando su creencia en Cristo con todo su corazón y toda su alma. Apiadado, el santo resucitó a su hijo de entre los muertos, a fin que el recién convertido pudiera conocer al verdadero Dios. Al ver esto, todos los demás también se convirtieron.

Después de ordenar sacerdotes, el divino apóstol visitó por segunda vez Amiso y Trapezo, para bautizar a las pocas personas restantes que habían renunciado a su falsa concepción. De paso a Samosata, fue a Neocesárea, en donde muchos griegos se consideraban a sí mismos como los hombres más sabios de la tierra. No obstante ello, la sabia predicación del apóstol cortó el razonamiento helénico de sus rétores como si fuera una tela de araña, mostrándoles su engaño; entonces ellos se convencieron tanto por las palabras como de los milagros del santo y todos se arrepintieron y recibieron el bautismo. Después, se trasladó a Jerusalén para reunirse con los demás apóstoles y celebrar la Pascua cristiana. Allí convocaron a un sínodo, el cual es mencionado en el libro de los Hechos de los Apóstoles, según señala el divino evangelista Lucas: "Entonces se reunieron los apóstoles y los ancianos para considerar este asunto (sobre si era necesario circuncidar a los conversos)" (Hechos 15:6).

Después de la fiesta de Pascua, el santo Andrés, acompañado por los apóstoles Matías y Tadeo, partió hacia la ciudad de Corasán, en la región colindante con Mesopotamia. Andrés, sin embargo, se quedó con ellos sólo por unos días, dejándolos para que predicasen en esa región; en tanto que él continuó hacia el oriente del Mar Negro, a Alani y los Abasgianos. En las ciudades de estos lugares, convirtió a muchos a la fe cristiana. Después visitó los pueblos de Cigi, Bósforo y los estrechos de Kafa; en donde se quedó por mucho tiempo predicando y enseñando a todos, por lo cual muchos comenzaron a creer en Cristo y se bautizaron. Su siguiente centro de actividad fue la ciudad de Bizancio, en donde realizó muchos milagros e instruyó a muchos en el conocimiento de Dios. En realidad, el pueblo de Bizancio no solamente abrazó la luz de la verdad, sino que edificó incluso una imponente iglesia en honor a la santísima Madre de Dios. El apóstol consagró como obispo de ese lugar a Estaquio, uno de los setenta apóstoles, a quien San Pablo menciona en su Epístola a los Romanos (ver Romanos 16:9). Posteriormente viajó a la cercana Heráclea de Tracia, que está situado al oeste de Bizancio, convirtiendo allí a muchos hacia la fe ortodoxa y ordenando como obispo a Apeles.

Posteriormente, realizando labores apostólicas y pasando penurias al difundir el evangelio de Cristo, Andrés viajó por Ponto, a orillas del Mar Negro, y luego por Sitia y Quersones. Gracias a la Divina Providencia, llegó al río Dnieper en la tierra de Rusia; deteniéndose en la orilla del mismo, bajo las colinas de Kiev, se quedó a descansar allí. Cuando despertó en la mañana, les dijo a sus discípulos que lo habían acompañado: "Creedme, en estas colinas brillará la gracia de Dios. Aquí habrá una gran ciudad y el Señor edificará muchas iglesias e iluminará toda la tierra rusa con el sagrado bautismo." Después subió a la cima de las colinas, en donde, después de bendecirlas, plantó una cruz, profetizando que los habitantes de ese lugar recibirían la fe de la sede apostólica que él había establecido en Bizancio.

Luego de visitar por las ciudades rusas que quedaban hacia el norte, en donde ahora se encuentra Novgórod el Grande, viajó a Roma. Después se trasladó a la región griega de Epiro y a Tracia, lugares en donde reafirmó a los cristianos en su fe y ordenó obispos y guías para ellos. Habiendo pasado por muchos países, llegó hasta el Peloponeso y en la ciudad acayana de Patras se hospedó donde cierto respetable hombre llamado Sosio. Lo levantó de su lecho de enfermo y luego convirtió a toda la ciudad de Patras a Cristo.

Por esa ocasión, Maximilia, quien era mujer del procónsul Egeates, cayó presa de una dolorosa aflicción a los ojos. A pesar de visitar a todos los médicos, no se mejoró en nada con las recetas de éstos y lo único que consiguió fue gastar casi todo su caudal en honorarios y medicamentos. Egeates, viendo el manifiesto empeoramiento de su esposa, cayó en la desesperación, porque ni con su gran riqueza podía comprar la salud de ella. Cuando Maximilia ya estaba cerca de morir, él quedó tan abatido que comenzó a pensar en suicidarse.

Uno de sus parientes, sin embargo, se acordó del apóstol, porque éste le había curado las manos antes; entonces fue apresuradamente en busca de su ayuda para la mujer de su amo. Cuando el santo llegó, éste le colocó la mano sobre ella y le devolvió la salud de inmediato, pudiendo ella levantarse de su lecho.

Viendo Egeates este milagro, trajo una gran suma de dinero y se la colocó a los pies del santo. El se arrodilló para rogarle que aceptara el ofrecimiento en gratitud por la curación; pero el apóstol, deseando sólo el arrepentimiento de la gente de Acaya y Patras, rechazó el dinero y cualquier otra recompensa. Le dijo a Egeates: "Nuestro Maestro ha dicho: de gracia recibisteis, dad de gracia" (Mateo 10:8), y después le enseñó muchas cosas más antes de partir.

Cuando pasaba por la ciudad, encontró en su camino a un paralítico que había sido privado de sus miembros. Su infortunio era realmente grande, porque nadie se preocupaba de él ni se apiadaba de su estado. Pero el apóstol se conmovió y le colocó su mano derecha encima del desdichado; éste se levantó y comenzó a caminar. a causa de esto, el nombre del santo se hizo conocido por toda la ciudad. Muchos de los enfermos acudían donde él y se postraban ante sus pies; y él los sanaba a todos. A los ciegos los sanaba mediante la imposición de manos; otros sufrían de lepra o de otras horribles enfermedades, pero él los purificaba y sanaba. Por otra parte, a todos los conversos los bautizaba en el mar, en el nombre de la santísima Trinidad. Por esos tiempos, en las afueras de la ciudad había leprosos que vivían en las arenas; cuando éstos supieron del santo Andrés, comenzaron a creer y se sanaron de su mal. Uno de ellos, que se llamaba Job, fue bautizado y después siguió al apóstol por todas partes, proclamando a viva voz el poder del santo y de la fe cristiana, como si fuese un heraldo. Gracias a la enseñanza de Andrés y a sus numerosos milagros, los habitantes de Patras llegaron a conocer al Dios verdadero. El santo se regocijó por esto y se puso extremadamente contento por la salvación de estas almas y siguió glorificando a Dios, el dador de todas las cosas buenas.

Los mismos cristianos demolieron los templos de los ídolos y destruyeron las imágenes que había en estos. Algunos de ellos juntaron un gran tesoro y lo pusieron a los pies de Andrés. El apóstol de Cristo rechazó su ofrecimiento, pero reconoció su atención y buena voluntad. A los que reunieron los caudales, les ordenó distribuirlos entre los pobres y los mendigos, pero dejando una parte para la construcción de la iglesia a donde los cristianos pudiesen entrar para glorificar a Dios. Con el tiempo se edificó una magnífica iglesia, a donde todos acudían para escuchar las dulces enseñanzas del santo, cuando éste les hablaba del significado de las escrituras y las sagradas profecías, demostrando que Cristo era el único Dios, el cual descendió de los cielos y se encarnó a través de la santísima Madre de Dios y la siempre Virgen María, para la salvación de la humanidad.

Poco después, el mencionado procónsul Egeates viajó a Roma para informarle al César sobre su administración y recibir de éste más instrucciones. En su ausencia, dejó como regente a su hermano Estrátocles, quien era un hombre sabio y se dedicaba a las matemáticas. Como éste vivía en Atenas, durante su viaje a Patras, uno de sus fieles siervos, a quien él quería como a un hermano por ser sensible y sincero, sufrió un violento ataque epiléptico, ocasionado por la acción de los demonios. El muy angustiado Estrátocles comenzó a llorar, porque ningún médico era capaz de ayudar al infortunado. Al saber esto su cuñada Maximilia, lo invitó a su casa, donde le dijo: "Cuñado, es imposible que tu siervo se sane, ni siquiera con todas las ayudas de los médicos y todas las medicinas de este mundo. En realidad, estás perdiendo tu dinero en vano. Sin embargo, en la ciudad tenemos a un médico de fuera, llamado Andrés, quien cura todas las enfermedades y no cobra nada. Si quieres, ve donde él. Confío en que curará de inmediato a tu siervo de esta penosa enfermedad. Yo misma estuve gravemente mal, pero no pudieron salvarme ni siquiera una miríada de sacrificios a los dioses ni ningún médico o medicina; sin embargo, este médico me sanó inmediatamente solamente mediante su palabra." Entonces el sabio y erudito Estrátocles de Atenas mandó a llamar al santo, y cuando éste apenas entró en la casa, oh milagro, los demonios se alejaron y el siervo recuperó su salud. Cuando Estrátocles y Maximilia vieron el milagro, repudiaron sin demora su antigua impiedad y comenzaron a glorificar al Dios verdadero, convirtiéndose en cristianos. Ellos fueron bautizados por el apóstol y se unieron a él para siempre, deseando escuchar cada palabra y enseñanza de la fe cristiana.

No mucho después, Egeates regresó de Roma. Maximilia quería evitar toda relación con su esposo descreyente, pero era imposible guardar para siempre su secreto. Ciertos eunucos y otras personas entonces le dijeron a aquél: "Desde el día de tu partida a Roma hasta ahora, ella no ha tomado sus alimentos, y ha seguido más bien un estricto ayuno. Ella blasfema contra nuestras deidades, prefiriendo adorar al Cristo que el extranjero Andrés anuncia. La verdad que su pensamiento y su corazón están fijos en ese Dios y sólo en Él." Egeates se quedó perplejo y atónito al oír esto; de inmediato los demonios se apoderaron de él y comenzó éste a actuar como si hubiera perdido la razón, profiriendo insultos y amenazas contra el apóstol del Señor. Luego ordenó a su guardia arrestar al santo, en tanto que urdía la manera cómo le daría muerte.

Pero a la medianoche, Estrátocles fue a buscar a Maximilia y ambos fueron apresuradamente a la prisión donde se encontraba el santo, bajo la vigilancia de los centinelas de Egeates. El santo los hizo entrar cuando escuchó el suave toque de la puerta; adentro, los dos se postraron a sus pies, implorando al apóstol que los fortaleciera y los apoyara en la fe verdadera de Cristo. El santo Andrés le aconsejó extensamente y después procedió a ordenar a Estrátocles como obispo de la Antigua Patras. Luego de bendecirlos y enviarlos en paz, él cerró la puerta de la celda mediante el poder de su oración, quedando tan firme como si estuviese con llave. Después se sentó, esperando pacientemente el juicio del perverso Egeates. Entretanto, el procónsul se convenció que era imposible compartir la alcoba con Maximilia, a pesar de sus ruegos y amenazas; por eso, Satanás se apoderó de su corazón y lo cegó de rabia, y al apóstol lo hizo atar a una cruz. Este acontecimiento lo describen los sacerdotes y los diáconos de la tierra acayana de la manera siguiente:

"Todos nosotros, sacerdotes y diáconos de la iglesia de Acaya, estamos escribiendo sobre el sufrimiento del santo apóstol Andrés, el cual vimos con nuestros propios ojos, a todas las iglesias de los cuatro vientos. La paz sea contigo y con todos los que creen en Dios, perfecto en la Trinidad: el verdadero Dios Padre, el verdadero Hijo engendrado, el verdadero Espíritu Santo que proviene del Padre y descansa en el Hijo. Esta fe la aprendimos del santo Andrés, el apóstol de Jesucristo, cuyo sufrimiento, del cual fuimos testigos presénciales, estamos describiendo.

"El antipatro Egeates, cuando llegó a la ciudad de Patras, intentó obligar a los creyentes de Cristo a ofrecer sacrificios a los ídolos. Pero el santo Andrés, apareciendo ante él en el camino, le dijo: "A ti, que erez juez de hombres, te conviene reconocer a tu Juez que está en los cielos y, reconociéndolo, adorarlo; y adorando al verdadero Dios, alejarte de las falsas deidades."Egeates le contestó: "¿Eres tú ese Andrés que destruye los templos de los dioses y seduce a la gente hacia esa mágica religión que sólo recién apareció y que los emperadores de Roma han ordenado extirpar?"

"El santo Andrés le replicó: "En realidad, los emperadores de Roma no reconocen lo que el Hijo de Dios, que bajó a la tierra para la salvación del hombre, dijo a nosotros: Estos ídolos no sólo no son dioses, sino que son demonios inmundos, llenos de maldad con la raza humana, que enseñan a los hombres a odiar a Dios y hacerlo alejar de ellos para que no los escuche. Y cuando Dios se aparta de ellos de ira, los demonios los retienen para hacerlos sus esclavos y engañarlos, hasta que sus almas emerjan desnudas de su cuerpo, poseídas de la nada excepto sus propios pecados."

"Egeates le dijo entonces: "Cuando Jesús predicó estas fábulas y vacías palabras, los judíos lo clavaron a la Cruz." Pero Andrés le replicó: "Oh, si pudieras sólo comprender el misterio de la Cruz, cómo el Creador de la raza humana, en su amor por nosotros, voluntariamente soportó los sufrimientos en la cruz; porque El sabía ya que iba a padecer; profetisó su resurrección al tercer día; en la cena mística anunció que iba a ser traicionado, hablando tanto del futuro como del pasado; y fue por voluntad propia al lugar donde seria entregadoa manos de los judios."

Me asombra, exclamó Egeates — que una persona inteligente como tú sigas a alguien que fue crucificado; lo mismo es si fue voluntaria o involuntariamente. El apóstol le contesto: ‘Grande es el misterio de la cruz; y si te dignaras en escuchar, te lo contaría. Egeate le replicó: "Eso no es ningún misterio, sino sólo la ejecución de un malefactor." Pero el santo Andrés le respondió: "Este misterio es la ejecución de la renovación del hombre; sólo dígnate en escucharme pacientemente. "Lo haré, — le contestó; pero si no haces lo que te ordeno, te haré aplicar el mismo misterio de la cruz." El apóstol le contestó: "Si temiera a la crucifixión, nunca glorificaría la cruz." Egeates le dijo: "Si en tu insanidad alabas a la cruz, en tu audacia no temes a la muerte." El apóstol le replicó: "No temo a la muerte, no por audacia, sino por mi fe; porque preciosa es la Muerte de los santos y funesta es la muerte de los pescadores. Quiero que escuches lo que tengo que decir sobre el misterio de la cruz, para que, reconociendo la verdad, creas; y al creer puedas ganar tu alma." Pero Egeates le dijo: "Tú buscas un alma perdida. ¿Está realmente mi alma perdida como para que ordenes encontrarla mediante la fe? ¿No sé cómo?"

"El santo Andrés le respondió: "Esto es lo que puedes aprender de mí: Te mostraré dónde se pierde el alma de los hombres, para que puedas reconocer la salvación de ella, la cual se ha hecho a través de la cruz. El primer hombre trajo la muerte al mundo a través del árbol de la desobediencia; y fue necesario para la raza humana que esa muerte sea abolida mediante el árbol del sufrimiento. Y como el primer hombre, que trajo la muerte al mundo mediante el árbol de la desobediencia, fue moldeado de tierra pura e inmaculada, entonces era digno que Cristo, el hombre perfecto que al mismo tiempo es el Hijo de Dios que formó al primer hombre, naciera de la Virgen pura, a fin que pudiera restituir la vida eterna que perdieron todos los hombres; y como el priiner hombre pecó, extendiendo sus manos hacia el árbol del conocimiento del bien y del mal, fue digno para la salvación del hombre que el Hijo de Dios extendiera también sus manos hacia la cruz, debido a la incontinencia de las manos de los hombres, y que para la dulce fruta del árbol prohibido tomara la amarga hiel."

"Egeates le respondió: "Di esas cosas a quienes te escuchen. Pero si no me obedeces y si te niegas a ofrecer sacrificios a los dioses, ordenaré que te claven a la cruz que glorificas, luego de haberte hecho azotar con garrote." Andrés le respondió: "Todos los días ofrezco al único, Verdadero y Omnipotente Dios no el humo del incienso, ni la carne de bueyes, ni la sangre de cabras, sino el Inmaculado Cordero que fue ofrecido como sacrificio en el altar de la cruz. Todos los creyentes fieles comulgan de su purísimo Cuerpo y participan de su Sangre, aunque este cordero permanezca entero y vivo, aun cuando sea verdaderamente sacrificado; todos ellos comen realmente su Carne y beben su Sangre, aun cuando, como digo, él siempre permanezca entero, inmaculado y vivo."

Entonces Egeates le dijo: "¿Cómo puede ser una cosa así?" Andrés le respondió: "Si deseas aprender, hazte discípulo a fin que puedas saber lo que preguntes." Egeates le replicó: "Te sacaré esa enseñanza con la tortura." el apóstol le respondió: "Me asombra que un hombre educado como tú, hable irreflexivamente. ¿Podrías aprender de mí los misterios de Dios torturándome? Ya has escuchado hablar sobre el misterio de la cruz y también sobre el misterio del sacrificio. Si llegaras a creer que Cristo, el Hijo de Dios que fue crucificado por los judíos, es el verdadero Dios, te revelaré cómo él vive después de haber muerto y cómo permanece entero en su reino después de haber sido ofrecido como sacrificio y comido."

"Entonces Egeates se enfureció y mandó echar al apóstol a la cárcel. Cuando fue enviado a una mazmorra, de todas partes vino mucha gente en su defensa e intentó matar a Egeates y liberar a Andrés de su reclusión. Pero el santo Andrés se los prohibió, y les dijo reprendiéndolos: "No convirtáis la paz de nuestro Señor Jesucristo en un tumulto diabólico; porque cuando nuestro Señor Jesucristo fue entregado a la muerte, Él mostró una gran paciencia. Él no contradijo, ni clamó, ni su voz fue oída en las calles. Entonces, vosotros debéis también guardar silencio y permanecer tranquilos. Os prohibo ofrecer ninguna oposición a mi martirio, pero sí preparaos como buenos atletas y guerreros de Cristo, a soportar pacientemente toda clase de heridas y torturas en vuestro cuerpo. Si vais a tener que temer tormentos, temed sólo a los que son eternos y sabed que los terrores y amenazas de los hombres son únicamente como el humo: apenas se aparecen, se esfuman. Si vais a tener que temer los sufrimientos, temed sólo a los que comienzan pero que nunca terminan. Los sufrimientos pasajeros, cuando son insignificantes, se soportan fácilmente; y cuando son grandes, terminan rápidamente, liberando el alma del cuerpo. Pero terribles son los sufrimientos eternos. por eso, estad preparados para pasar, mediante los sufrimientos pasajeros, al gozo eterno, donde os regocijaréis, floreceréis y reinaréis con Cristo."

El santo se pasó así la noche entera enseñando a la gente. A la mañana siguiente, Egeatas mandó a llevar a Andrés al tribunal, donde aquél se encontraba y le dijo: "¿Te has resuelto abandonar esta necedad y a dejar de anunciar a Cristo para que puedas compartir nuestra felicidad en esta vida? Porque sería Una gran locura ser torturado y quemado voluntariamente." Pero el santo le replicó: "Preferiría compartir tu felicidad si creyeras en Cristo y rechazaras los ídolos; porque El me ha enviado a esta tierra, donde he ganado para El a no poca gente."

"Entonces Egeates le señaló: "Te haré sacrificar, para que los que han sido engañados por ti puedan abandonar la vanidad de tu enseñanza y ofrezcan sacrificios que agraden a los dioses; porque no hay ciudad en Acaya donde ellos no hayan abandonado los templos de los dioses. Por eso, resulta necesario que se les devuelva, a través tuyo, el honor concedido a ellos, para que las deidades a quienes tú enfureciste, se apacigüen y tú puedas permanecer con nosotros en amor fraterno. Y si no, por deshonrarlos, serás sometido entonces a diversas torturas y serás colgado en una cruz, igual como el que tu glorificas."

El santo replicó a esto: "¡Escucha, oh fruto de la muerte, condenado al tormento eterno! ¡Escucha a este siervo del Señor, apóstol de Jesucristo! Hasta ahora he conversado contigo humildemente, queriendo enseñarte la santa fe, para que tú, como persona inteligente, puedas reconocer la verdad y, rechazando los ídolos, adorar al Dios que vive en los cielos. Pero como sigues obstinado y te imaginas que voy a tener miedo a tus torturas, sométeme a las más terribles torturas que conozcas; porque cuanto más agrade a mi Rey, más penosos serán los tormentos que soportaré por El."

Entonces Egeates ordenó hacer extender al santo y luego azotarlo. Y después de alternarse siete veces quienes lo azotaban, tres por vez, lo hicieron poner de pie al santo y lo llevaron ante el juez. Entonces este le dijo: "Escúchame, oh Andrés, no derrames en vano tu sangre; porque si no me obedeces, te haré crucificar en una cruz."

A este el santo respondió: "Yo soy esclavo de la cruz de Cristo y deseo morir en una cruz. Tú puedes escapar del tormento eterno si, luego de haber probado mi resistencia, creyeras en Cristo; porque tu condenación me duele más que mis propios sufrimientos. Mis padecimientos se acabarán en un día, o a lo mucho en dos; pero los tuyos no se terminarán ni después de mil años. Por eso, no aumentes tus tormentos; ni enciendas en ti el fuego eterno."

Furioso, Egeates ordenó entonces crucificar al santo, con sus manos y pies atados. No quiso hacerlo clavar para que no muriera pronto; porque pensaba que colgándolo atado, podría someterlo a mayores torturas.

Cuando los siervos del tirano lo llevaron al lugar de crucifixión, la gente se agolpó, gritando: Como ha pecado este justo hombre y amigo de Dios? ¿Por qué lo quieren crucificar? Pero Andrés instó a la muchedumbre a no estorbar su sufrimiento; y se fue caminando alegremente hacia su tormento, sin detener un momento su enseñanza. Cuando llegó al lugar de crucifixión, divisó a cierta distancia la cruz que le habían preparado, y exclamó en voz alta: "¡Regocíjate, oh cruz, santificada por la carne de Cristo y adornada con sus miembros como perlas! Hasta que el Señor fue crucificado sobre ti, fuiste algo abominable para los hombres; pero ahora ellos te aman y te abrazan con anhelo: porque los fieles saben del gozo que contienes y de la recompensa que es ofrecida por soportarte. Con valor y alegría voy hacia ti. Acéptame con júbilo, porque soy discípulo del que fue suspendido sobre ti. Recíbeme, porque siempre he querido y deseado abrazarte; oh preciosa cruz, que resibiste de los miembros del Señor el bello y glorioso adorno, belleza largamente deseada y ardientemente querida, que yo busqué sin cesar. Tómame de entre los hombres y entrégame a mi Maestro, para que el que me redimió a través de ti, pueda recibirme.’

Diciendo esto, se quitó su vestimenta y se la dio a sus torturadores. Estos lo subieron a la cruz y le ataron los pies y las manos con cuerdas; así lo crucificaron con la cabeza hacia abajo y lo suspendieron. a su alrededor se agolpó toda una muchedumbre de alrededor de veinte mil personas, entre los que se encontraba Estrátocle, hermano de Egeates, que exclamaba junto con la demás gente, diciendo: Injustamente sufre así este santo. Pero Andrés fortalecía a los que creían en Cristo y les exhortaba a soportar los sufrimientos pasajeros, enseñando que ningún tormento puede compararse con la recompensa ganada mediante éste.

Después la gente fue a casa de Egeates, donde le exclamó: "Este honorable santo y sabio maestro, bondadoso, bueno y humilde, no debe sufrir y debe ser bajado de la cruz; porque, a pesar que ya es el segundo día que está allí, sigue enseñando la verdad."

Entonces Egeates sintió temor e inmediatamente fue junto con ellos donde estaba Andrés para sacarlo de la cruz. Al verlo el santo, le dijo: "¿Por qué razón vienes aquí, Egeates? Si deseas creer en Cristo, el portal de la gracia te será abierto como te lo prometí. Pero si vienes solamente a bajarme de la cruz, no quiero salir de ésta vivo; porque ya estoy viendo a mi Rey, ya lo estoy adorando, ya estoy ante El. Pero estoy sufriendo por ti, porque la eterna perdición preparada para ti te está esperando. Cuídate mientras puedas, a menos que desees comenzar citando ya no puedas hacerlo así ***

Cuando los siervos fueron a desatarlo de la cruz, no pudieron tocarlo; muchos otros trataron de hacerlo, uno tras otro, pero tampoco pudieron, porque sus manos se entumecieron. Entonces el santo Andrés gritó con fuerza: "Oh Señor Jesucristo, no permitas que me bajen de la cruz en la que he sido suspendido en Tu nombre; si no más bien recíbeme, oh Maestro, a Quien he amado, a Quien he conocido, a Quien confieso, a Quien deseo ver, por Quien me he vuelto como soy. Oh Señor Jesucristo, recibe mi espíritu en paz, porque me ha llegado el momento de ir donde Ti, y mirarte a Ti, a quien he deseado tan fervorosamente Recíbeme, oh buen Maestro, y no permitas que me bajen de la cruz antes que tú recibas mi espíritu."

Cuando dijo todo esto, del cielo vino una luz como de relámpago que lo iluminó ante la vista de todos y brilló a su alrededor, de modo que los ojos del impuro no lograron verlo. Esta luz celestial brilló a su alrededor por el espacio de medía hora y cuando desapareció, el santo apóstol entregó su espíritu y partió en medio de la brillante luz, para permanecer delante del Señor.

Cuando Andrés hubo partido donde el Señor, Maximilia, mujer de noble linaje y virtuosa y santa vida, con gran honor postró su cuerpo y, luego de embalsamarlo con costosos ungüentos, se echó en la tumba donde trató de enterrarse.

Egeates se enfureció con la gente, y se puso a planear cómo infligir venganza en ellos y castigar a quienes lo habían abiertamente desafiado. En cuanto a Maximilia, quería denunciarla ante el emperador. Pero en eso, un demonio repentinamente se posó en él y comenzó a atormentarlo; a causa de ello, Egeatos murió en el medio de la ciudad. Citando su hermano Estrátocles se enteró de esto, ordenó que lo enterraran; pero él no tocó nada de la propiedad de éste, diciendo: "Oh mi Señor Jesucristo haz que no toque nada de los tesoros de mi hermano para no mancharme con su pecado; porque él, por amar los vanos bienes se atrevió a matar al apóstol del Señor." Por eso, decidió distribuir todas las riquezas de su hermano a los pobres y los indigentes; y con el mismo dinero, hizo construir una casa diocesana en el lugar donde reposan las reliquias del santo. Con el tiempo, él también descansó como buen pastor del rebaño dotado de razón. Maximilia, asimismo, distribuyó su oro a los pobres; y en un lugar separado, fundó dos monasterios, uno para hombres y otro para mujeres. Después de haber vivido una vida buena y agradable a Dios, ella también partió a las mansiones del cielo.

"Esto ocurrió el último día del mes de noviembre, en la ciudad de Patras, en Acaya, donde desde entonces el pueblo es beneficiado con muchos favores, gracias a las oraciones del apóstol. El temor a Dios estaba en todos y no había nadie que no creyera en nuestro Dios y Salvador, aquel que quiere salvar a todos los hombres y llevarlos al conocimiento de la verdad, a Quien sea para siempre la gloria. Amén."

Después de muchos años, las reliquias del apóstol Andrés fueron trasladadas a Constantinopla por el mártir Artemio, por orden del santo emperador Constantino el Grande, donde fueron guardadas en un relicario junto con las de los santos evangelistas Lucas y Timoteo, discípulo del santo apóstol Pablo, en la más espléndida iglesia de los apóstoles, dentro del altar.

Mediante las oraciones de tu apóstol, oh Cristo Dios, afirma en la ortodoxia a tus fieles siervos y salvanos a todos nosotros. Amén.

Tropario, Tono 4: Como el primer llamado de los apóstoles y hermano del líder, tú. Andrés, suplica al maestro de todos que la paz sea conferida al mundo, y a nuestras almas la gran misericordia.

Contaquio, Tono 2: Alabemos al sinónimo de coraje, que nos habló de Dios, el seguidor de la iglesia, el hermano del líder Pedro, pues como antaño hoy nos dice también: «Venid, hemos encontrado el Deseado».

Megalinario: Del coro apostólico del Señor, oh bendito, tú fuiste el primero en ser llamado y en seguirlo. Con tu santo hermano, oh Andrés, dejaste a todos para predicar a Cristo a todas las naciones, para que todos pudiesen alabar Su Nombre.


Fuente: Arquidiócesis de Santiago y Todo Chile (Patriarcado de Antioquía y Todo el Oriente)

Grandes Vísperas de San Andrés en Constantinopla

En la tarde del miércoles 29 de noviembre de 2017 Su Eminencia Policarpo participó junto con otros Jerarcas del Trono Ecuménico en el Oficio de Grandes Vísperas del Santo Apóstol Andrés, el Primer Llamado, Patrono de la Gran Iglesia de Constantinopla. En el Oficio también estuvo presente el P. Archimandrita Philip (Jagnisz), Vicario Metropolitano para Portugal y Galicia.

Tras la ceremonia religiosa, S.E. Policarpo y el Archimandrita Philip asistieron a una recepción informal (la oficial tendrá lugar mañana en el Hotel Hilton) ofrecida por Su Toda Santidad el Patriarca Ecuménico Bartolomé I con motivo de la inminente Fiesta Tronal, en la que estuvieron presentes asimismo otras personalidades eclesiásticas y civiles de Constantinopla.


Fotografías: P. Archimandrita Philip (Jagnisz)


martes, 28 de noviembre de 2017

Conmemoración del Holodomor en Málaga

El pasado día 26 de noviembre de 2017, en Málaga, después de Divina Liturgia se celebró Oficio de los difuntos por las víctimas de la hambruna de 1932 - 1933, que presidió el Vicario Arzobispal para España Meridional, el Rev. Arcipreste Taras Petrunyak.

Después del Oficio se celebró un acto en que participaron el Cónsul de Ucrania en Málaga, D. Artem Vorobyov; la directora de la Escuela Ucraniana de Málaga Dña. Nataliya Petrunyak; la jefa de Estudios, Dña. Lyubov Makara; y profesores de la Escuela. Los niños de la Escuela Ucraniana de Málaga hablaron a los feligreses acerca de la importancia que tiene para el día de hoy esta conmemoración.



Fotografías: Sra. Presbítera Nataliya Petrunyak


lunes, 27 de noviembre de 2017

Un nuevo Santo de la Iglesia Ortodoxa


En su sesión del 27 de noviembre de 2017, el Santo Sínodo del Patriarcado Ecuménico, reunido en El Fanar bajo la presidencia de Su Toda Santidad el Patriarca Ecuménico Bartolomé I, ha decidido que sea conmemorado entre los Santos el Anciano Jacobo (Santiago) Tsalikis, del Santo Monasterio de San David en Eubea (1920-1991). Su fiesta se celebrará cada año el 22 de noviembre.

¡Gloria a Dios por todo!

27/11 - Santos Facundo y Primitivo, Mártires


“A orillas del río Cea, en Galicia, los santos Facundo y Primitivo, que padecieron bajo el poder del presidente Ático”.

Se cree que fueron gallegos de nacimiento porque su “passio” –que es del siglo X pero que ya fue puesta en duda en el siglo XII por Rodino, obispo de Braga– dice que en el año 143, estando los cónsules Ático y Pretextato en la ribera del río Cea, Ático se enteró de que dos jóvenes llamados Facundo y Primitivo, se negaban a adorar al dios Febo porque eran cristianos. Indignado, los mandó llamar y trató de convencerlos para que lo hicieran. Ante la negativa de los dos jóvenes, intentó hacerlos renegar de su fe mediante el uso de la tortura: les cortaron los dedos, les retorcieron las piernas e incluso los intentó envenenar.

Viendo que los dos jóvenes no claudicaban ante los tormentos y que los venenos no les hacían daño, ordenó que los desgarrasen con garfios y que les echasen aceite hirviendo en las llagas. Como los santos permanecían impávidos, Ático, furioso, ordenó que les arrancasen los ojos y los colgaran boca abajo y así los tuvo tres días.
El valor demostrado por los dos mártires hizo que muchos se convirtieran, pero a los tres días, mientras los desollaban estando vivos, los guardianes vieron bajar dos ángeles del cielo con dos coronas que pusieron sobre sus cabezas.
Temeroso el cónsul de que se convirtieran más paganos por aquella visión, dio orden de que los decapitaran y así lo hicieron los verdugos. Los cristianos enterraron allí mismo sus cuerpos y empezaron enseguida a darles culto. Actualmente sus reliquias se veneran en Sahagún (León) y en la catedral de Orense.

A ellos se les dedicó el himno de autor anónimo “Fons Deus aeternis pacis”, aunque parece una copia del “Fons Deus vitae perennis” dedicado a San Félix de Gerona. Los primeros datos sobre su culto son del año 652, fecha en la que algunas reliquias suyas fueron depuestas en la basílica de Acci (la actual Guadix, en Granada). El primer calendario que los conmemora es el de Córdoba, que en el año 961 fija su memoria el 27 de noviembre; con posterioridad, figura en todos los calendarios mozárabes en esa misma fecha.

Dudosos son sus orígenes, pues hay quienes los hacen originarios de Orense, mientras que otros dicen que eran de Sahagún (León). Escalona, en su “Historia del Real Monasterio de Sahagún”, editada en Madrid en el año 1782, apoyándose en que desde muy antiguo recibieron culto en León y en que en Sahagún están sus cuerpos, deduce que fueron naturales de allí y lo mismo hacen otros autores españoles modernos, como Gómez Moreno o Zacarías García Villada, pero es que en el calendario de Córdoba, hecho en el año 961, también se dice: “Festum Facundi et Primitivi, sepultorum in eo quod est circa Legionem”. (Fiesta de Facundo y Primitivo sepultados en aquel (monasterio) que está cerca de León). Además, existen muchos testimonios de que allí estaban sepultados y por poner solo un ejemplo, digamos que el rey Alfonso III con motivo de la restauración de monasterio de Sahagún, hizo una donación el 3 de noviembre del año 905 que queda recogida en un documento que dice: “En el nombre de la Santa e Indivisa Trinidad, a vosotros los señores Facundo y Primitivo que después de Dios sois nuestros patronos y cuyos cuerpos están sepultados y venerados en esta venerable iglesia…”. Este monasterio recibió asimismo muchos privilegios en tiempos del rey Alfonso VI de León. Resumiendo: hay quienes defienden que eran leoneses, ¡pero del siglo II!

A favor de la tesis de que los mártires eran orensanos está precisamente la cita que pusimos al principio, el hecho de que en la catedral de Orense, desde tiempo inmemorial, también se veneran parte de sus restos y el que San Rosendo, en el documento fundacional del monasterio de Celanova, el 25 de septiembre del año 942, entre los pocos santos que invoca enumera a Martín Dumiense y a Facundo y Primitivo, instituyendo su fiesta en el monasterio porque eran santos gallegos.


Fuente: www.preguntasantoral.es

domingo, 26 de noviembre de 2017

Almuerzo privado en el Refectorio Patriarcal

El domingo 26 de noviembre de 2017, inmediatamente después de la Divina Liturgia, Su Toda Santidad invitó a Su Eminencia Atanasio de Calcedonia, a Su Eminencia el Arzobispo Demetrio de América, a Su Eminencia Policarpo de España y Portugal y al Archimandrita Philip a un almuerzo privado en el Refectorio Patriarcal.

Tras el almuerzo, Su Toda Santidad el Patriarca Bartolomé I tenía que hacer los preparativos de apertura de las sesiones del Santo y Sagrado Sínodo; no obstante, encontró un tiempo para tomar café con ellos.

Su Toda Santidad habló brevemente sobre la vida eclesial en Portugal con el Metropolita Policarpo y el Archimandrita Philip. A este último le honró especialmente con el regalo de un epitraquelio firmado e impuesto personalmente por él.